Buscando el río Marañón

Puente sobre el rio Marañon

Puente sobre el alto Marañon

En el verano de 1.983, al frente de la expedición «LARGO AMAZONAS», descendí dicho río en una balsa de troncos de árboles, partiendo desde el Vilcanota o Huilcamayo en la sierra andina del mismo nombre y en el departamento de Cuzco .
Navegamos, buscando la longitud más larga en su cauce central; el Urubamba, Ucayali Solimóes y Amazonas; un total de 7.000 Km. durante cinco meses.
Habíamos demostrado que este río, además de ser el más caudaloso era también el más largo del mundo, medido claro está, por lo que creíamos ser columna vertebral y sumando los cauces de los ríos navegados hasta la desembocadura en el Atlántico por Brasil.

Me quedaba el presentimiento de haber cometido una injusticia al quitar la hegemonía al río Marañón, hasta ahora conocido como la madre del Amazonas. Mi teoría anulaba todos los criterios, que hasta ahora, los geógrafos y estudiosos venian sosteniendo, por lo que decidí preparar nuevas expediciones y navegar paso a paso las cuencas de los rios Napo y Marañón.
Fue después de ello, cuando además de reafirmar mi criterio, encontré una de las desconocidas maravillas de las culturas andinas preincaica: KUELAP.

BUSCANDO EL NACIMIENTO DEL RIO MARAÑON

Cajamarca

Cajamarca

 Después del reconocimiento de los ríos tributarios del Marañón, Wachesca y Mosna en el callejón de Conchuco, departamento de Ancash, continué el rumbo hacia Cajamarca. Fue allí donde tuve las primeras noticias de la existencia de aquellas ruinas extrañas, aparentemente desconocidas para nuestro mundo. Dudé sobre la veracidad de aquel relato pero lo apunté en mi agenda de viaje, continuando la ruta a Celendín lugar en donde pasé la noche.

Celendin

Celendin

 

Al día siguiente y en un destartalado «colectivo» (pequeño autobús), me trasladé a la villa de Balsas, lugar en donde tenía previsto iniciar el descenso del río Marañón.
Imposible, el bajo caudal del río en esta época, la fuerza y rapidez de sus aguas así como las rocas que forman el lecho, lo inutilizan para la navegación.
A pesar de ello, dispuesto a cumplir mi objetivo, mandé construir una pequeña balsa formada por finos troncos de madera de topa y me lancé al río.
Autobus - CelendinPoco tiempo duró mi aventura. En el primer meandro, chocamos contra una piedra enorme y la balsa se desguazó en mil pedazos. Agarrado a uno de los troncos y arrastrado por la corriente pude salvar el pellejo al quedar atascado entre un grupo de rocas.
Mi situación seguía siendo crítica y hubiera sido fatal a no ser por la ayuda de un hombre, que como caído del cielo, me lanzó una cuerda con la que pude alcanzar la orilla, su fuerte mano agarró mi brazo arrastrándome fuera del peligro. Marañon - Balsas-Pucha de buena se ha librado, he estado observando su descenso y sabia que antes o después le sucedería – exclamó enfadado.
El mestizo, de unos 35 años, vestía como única prenda pantalón deportivo rojo, exhibiendo una fuerte estructura física, pateaba la cuerda amontonándola al tiempo que proseguía:
– Este río es imposible de navegar, ni siquiera en crecida nos atrevemos a hacerlo – dijo con tono paciente, reprochando mi osadía y añadiendo – voy a recoger   su mochila, ha quedado entre las rocas.
– Tome, llévese mi cuchillo – le sugerí al tiempo que se lo ofrecía – está fuertemente amarrada a los troncos – le aclaré.
Después de darse dos vueltas por la cintura con la cuerda, la anudó y me entregó el otro extremo a la vez que me decía:
– Cuando vaya regresando, «jale» de la cuerda para mantenerla tirante, pero no lo haga demasiado, me arrastraría.
–  Está bien – admití.Rio Marañon -Balsas
La profundidad del cauce no es mucha  y permitía poder llegar hasta la roca con el agua por la cintura, pero la corriente, muy fuerte, dificultaba en extremo el equilibrio. Aunque para aquel valiente la difícil maniobra no pareciese ofrecer mayor dificultad.
La experiencia de otros viajes me enseñó que, para navegar en balsa tenía que proteger con plástico aquellas cosas delicadas, gracias a ello y a aquel voluntarioso intrépido pude poner a salvo el equipo fotográfico que tanto significaba en mi recorrido. En menos de quince minutos se encontraba la mochila con mis pertenencias a espalda del salvador que lentamente regresaba satisfecho.
–  ¿Quién le ha hecho la balsita? – preguntó una vez en tierra.
–  Unos campesinos de Huanabamba…
–  Claro, ellos las utilizan para cruzar al ganado de una a otra orilla, pero tenían que haberle advertido del peligro que tiene el navegar en esta zona – me interrumpió.
Guardé silencio… no quise descubrirme… me habían advertido…
–  ¿Quiere un trago? – me invitó ofreciéndome una sucia botella con aguardiente de caña, fuerte y desagradable pero, me supo a gloria, reconfortando y calmando el susto.Balsa en Balsas
Nos sentamos a la sombra de su tambucho construido de cañas, viejas maderas y un muestrario de hojas de lata. En el interior, un camastro con mosquitera, una cocina de petróleo y algunos cacharros de aluminio y barro. Fuera, apoyados entre si, herramientas y pertrechos empleados por los buscadores de oro.
Una pareja de gallinazos, posados sobre un tronco retorcido, esperaban pacientemente nuestra ausencia para consumir los despojos de alimentos esparcidos a nuestro alrededor. Jamás pude imaginar tanta miseria en un buscador de oro.
–  ¿Como van las cosas? – pregunté.
–  Puesss… regular no más, este río, cada vez tiene menos agua y menos oro, está cambiando, en otras épocas aquellas cumbres todavía estarían cubiertas por la nieve.
–  ¿Vive solo? – insistí.
– No, tengo a una mujer que me ayuda en el trabajo, ahora está en Balsas (pueblo) comprando comida y keroseno. ¿Que hace Ud. por aquí? – se interrumpió preguntándome.
Le di toda clase de explicaciones sobre mi propósito para satisfacer su insaciable curiosidad. Ello me dio pié a preguntarle por las ruinas de las que me habían hablado.Balsas Marañon
Sí, allá por el Utcubamba hay unas murallas que dicen tener muchos años y que están llenas de tesoros, pero a la gente le da miedo por temor a los demonios, cuentan que allí viven brujos malignos que las protegen.
–  ¿Conoces el camino para ir?
–  Trabajé durante un tiempo en el río Utcubamba, pero lejos de ese lugar. Además las ruinas se encuentran en lo alto de la sierra y es muy difícil llegar, un pata (amigo) que vive en Chachapoyas me lo contó.
Tomé buena nota de todo, la ruta a seguir por tierra en busca del Marañón, me permitiría aproximarme a las misteriosas ruinas.Villa de Balsas
Regresé a Balsas con la intención de buscar movilidad para continuar mi camino. Después de unas horas de espera, el sonido de un motor animó mi aburrimiento. Aproveché su parada obligatoria en el control de la Guardia Civil para contratar el viaje, el conductor no quería llevar pasajeros. Después de una larga conversación, con ayuda de uno de los guardias, lo convencimos para que me transportara, eso sí, con una condición, yo dormiría en la caja con la carga, asunto este que me recalcó varias veces.
La ruta es bastante pesada y peligrosa, el viejo camión parece estar acostumbrado a ella y se retorcia una y otra vez tomando las cerradas y estrechas curvas, roncando para superar las grandes pendientes. El Sol desaparecía por el horizonte, y el último instante del atardecer se fundió con la noche haciéndose cómplice del frio.IMG223Kuelap ciudadela
Continuamos ascendiendo lentamente en zig-zag, pasando una y otra vez por el mismo paisaje en cuya profundidad se pierden las luces del «carro». Llegamos a la cresta y el conductor, Segundo Rojas, después de acosarme a preguntas sobre España y con cara sonriente exclamó – ¡dormiremos aquí!, estamos en la cordillera de Calla-Calla y al voltearla el frío es más intenso – al tiempo que paraba el motor.
Salí de la cabina, la temperatura exterior no era mayor de 0º C después de estirar las piernas, poner calzos en las ruedas y hacer las necesidades comunes, trepé a la caja del camión acomodándome entre los sacos de papel que envolvían la carga de tallarines, pero que ofrecían poca capacidad de abrigo.
Fue entonces cuando me di cuenta del valor que tenia la reiterada advertencia del conductor, recalcando el que «yo dormiría fuera».
Parecieron siglos las cinco horas que tardó en amanecer y la alegría de las primeras luces se convirtió en desesperación cuando me encontré piernas y brazos invadidos por «garrapatas». Armado de paciencia y con la ayuda de la brasa de un cigarro, las fui quemando una a una, extrayéndolas
de mi piel con las uñas, donde estaban fuertemente agarradas.
Continuamos la marcha, dando vuelta a la parte oriental del Calla-Calla, cambiando de una forma rotunda el panorama, niebla, frío, todo muy intenso, altitud sobre los 4.000 mts.
– Segundo, ¿por qué el nombre de Calla-Calla? – le pregunté interrumpiendo el silencio.Chica de Calla Calla
– Cuenta la leyenda – respondió pausadamente el conductor sin perder atención sobre la carretera – que hace años, viajaba por esta sierra una mujer quechua con su hijito a la espalda, el niño lloraba y lloraba tiritando por el frio. La madre, a la vez que lo arropaba con su poncho le decía, Calla-Calla, continuando el camino. Pero el frío era tan intenso que murieron congelados. Desde entonces se le conoce a esta cordillera con el nombre de «Calla-Calla».Mujer local con niña, Rio Marañon
Basta con estar unos días entre los habitantes de los Andes para descubrir en ellos una mente rica e ingeniosa, capaz de sorprender cualquier fantasía.
Leymebamba fue la siguiente parada, el clima y el cauce del río Utcubamba han hecho de la villa zona privilegiada para la agricultura y la ganadería. Llovía intensamente cuando entramos en el pueblo. Segundo paró el camión en la puerta de una tienda-bar y me invitó a tomar un desayuno: café, arroz con ají y unos tamales. Después marchó a otras tiendas para hacer el reparto de sus tallarines.Leimebamba
Un chico, de los varios curiosos que quedaron conmigo, me contó que el cura del pueblo, el “padresito” Juan, era español y se ofreció muy atento a acompañarme hasta él. No lo dudé… dos calles abajo, tras doblar una esquina, descubrí las blancas paredes de una pequeña Iglesia, junto a ella, una puerta de madera acristalada con portillo. El niño golpeó con decisión la brenca, la puerta se entreabrió y una viejita asomó el rostro.
– ¿Está el “Padresito”? – preguntó el niño anticipándose, con voz firme y atiplada.
La anciana se perdió en el interior, no sin antes dirigirme una mirada curiosa y desconfiada.
De pronto, una voz enérgica salió del interior invitándonos a pasar. Mi jovial acompañante se apresuró abriéndome paso. Un recibidor, un patio y nuevamente la voz – Pase, pase…!.Celendin_10
Penetramos en un aposento grande que, en semipenumbra, se resentía de la falta de muebles. Una mesa central y junto a ella un hombre de unos treinta y cinco años, que por su pelo azafranado y su aspecto general, más bien parecía del Norte de Europa.
– ¿El padre Juan? – pregunté cauteloso.
– Si – respondió al tiempo que me invitó a sentarme.
El padre Juan, natural de Granada (España), me dio un lujoso informe auténticamente asombroso,  las ruinas de Kuelap, como así las denominó, son una realidad, tienes
que continuar viaje siguiendo el cauce del río hasta llegar al Tingo, pueblecito a orillas del Utcubamba, frente a él, la Parroquia de Magdalena, cuyo párroco también era español.Tingo 1
– Ve a ver al padre José Luis, además de darle una alegría, te podrá ayudar mucho.

Estas palabras de Juan, hicieron reverdecer la ilusión de conocer aquellas ruinas y la inquietud de emprender el viaje provocó una rápida despedida.
– Adiós padre, ¿quiere algo para España?
– Nada… ¡Que Dios te bendiga!
Cuando llegué al pie del camión ya estaba el conductor esperando.
– ¿Segundo, pasaremos por el Tingo? – pregunté.
– Si, esta tarde podremos estar allí, ¿por qué?
– Me quedo en él, es cerca de donde se encuentran las ruinas.

 

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