Camino a Kuelap

CAMINO A KUELAP

Con las primeras luces del alba sobre el valle, preparé el equipo. Salí a la calle, la frescura del ambiente despejó mis sentidos vitales y al canto del primer gallo se sumaron otros formando un armonioso concierto de instrumentos de pico.IMG263-rio Tingo
El amanecer es lento y las aguas del río bajan frías pero confortadoras, la exuberante vegetación arbórea de la orilla, cubre su manto entre helechos, arbustos y carrizos, cobijando a sus moradores: la «telecua» (mochuelo), que escalofría el alma de las gentes con su canto; el «quien quien», pájaro que se burla de los caminantes en sus viajes; el «shihuin», el pájaro holgazán, que no tiene nido y solo se acuerda de hacerlo cuando le obligan las inclemencias del tiempo; el «grillo», que cuando su canto imita redobles de campana, es de mal augurio; la «libélula» (caballito del diablo), que cuando entra y vuela por la casa está augurando visitantes o huéspedes; los «lie lies», que por su costumbre de levantar la cabeza como movidos por un resorte automático, anuncia perennemente que Dios se halla en los Cielos.
Unos diminutos «chállua» (peces), hambrientos, me picotean las manos al introducirlas en el agua para lavarme la cara y las gallinas domésticas, vuelan por encima de mi cabeza, cruzando grandes espacios entre corrales y gallineros.IMG235-gente en Tingo
Ya es la hora del encuentro con el guía, en el reloj, un cuarto para las cinco.
El pueblo se despereza y la actividad se incorpora a la calle, gruñir de bisagras entumecidas, patadas de caballos y el murmullo de conversaciones llegan como arco iris matutino, coloreando el sonido del espacio.
Santamaría llegaría veinte minutos tarde y para colmo sólo traía con él un caballo, un viejo cimarrón que todavía se acordaba de sus antepasados españoles.
Al ver mi cara de asombro. Santamaría me consoló diciendo:
– No se preocupe don Pepe… esta mula es fuerte y está acostumbrada a subir todos los días a la sierra – excusándose continuó:
– No he podido encontrar más y como no es «feriado» los caballos del pueblo tienen que trabajar en las chacras… yo iré andando.
– Eso no está bien – manifesté reclamando justicia por viajar en desigualdad de condiciones. – Ni hablar… yo también estoy acostumbrado igual que mi mula.
Poco podía imaginar lo que supondría el ascenso hasta las misteriosas ruinas, mi experiencia como jinete no había sido combinada con alpinismo. En esta ocasión era distinto.
Asegurándome de la fortaleza del atalaje, así el cáñamo que llevaba por ramal y, ¡arre, arre… caballo! La triste bestia se puso en marcha de forma perezosa, pero… ¡Oh desdicha!, no había forma de dominarla; dando media vuelta, tomó otra dirección a la indicada; los tirones de las riendas no servían para nada.
El pobre animal no comprendía el cambio de rumbo, estaba acostumbrado a subir todos los días a la chacra, que esta en otra dirección, y se resistía a obedecerme.
Santamaría me lo aclaró y, cogiendo a la mula de las bridas, con ademanes cariñosos, lo inició en la marcha.
Salimos del pueblo tomando una senda relativamente cómoda, la mula hizo aún varios intentos de volverse, obligando a una nueva intervención del guía, que marchaba veinte metros atrás.
Al jamelgo no le gustaba el camino, como si presagiara un mal desenlace de aquella inesperada visita a las cumbres de Kuelap.Pepe a caballo-2
Siempre he tenido la virtud de identificarme con los animales, comprenderlos, quererlos e introducirme en su sentido instintivo; pero esta mula me aportaría auténticas lecciones de conocimiento del oficio, lealtad y prudencia. ¿Cuántos hombres estarán por debajo de las posibilidades de esta bestia? – pensé.
La ruta es cada vez más angustiosa, ascendiendo más y más en los intrincados desfiladeros de la sierra. El clima cambia por grados y empezamos a sufrir el efecto del frío. También cambia el carácter de la vegetación, cediendo poco a poco el puesto a la raquítica maleza de innumerables plantas andinas que brotan de entre las rocas, y en cuya áspera naturaleza encuentran la temperatura que les conviene, en el frígido suelo de las regiones más elevadas. Estas tristes soledades, eternamente abandonadas, lloraban el contraste injusto de la creación.

  De cuando en cuando, de entre las escabrosas quebradas, y en la profundidad del paisaje, se deja ver la silueta serpenteante del Utcubamba que desciende orgulloso, preñando de riqueza cuantos terrenos encuentra al paso hasta la desembocadura en el Marañón.
La mula, a rienda suelta, como había aconsejado Santamaría, dudaba escogiendo el mejor sitio donde caminar; el animal, con su paso lento, trabucaba buscando la forma de hacer aquella escalada. Asomaba una y otra vez medio cuerpo al abismo, creando la sensación de surcar el aire, ¿cuantas veces creí que cabalgadura y jinete caeríamos por aquellos acantilados? El miedo agarrotaba mis músculos manteniéndome en un estado de continua tensión. ¿Quien me mandaría a mí meterme en esto? – me interrogué varias veces.
Santamaría que «cómodamente» andando seguía nuestras huellas, al ver mi rigidez y el instinto de corregir el rumbo a la mula, exclamó – Déjela suelta don Pepe… ella sabe como caminar por sitios difíciles, «mire pe» – prosiguió con cara burlona – yo con dos piernas no me caigo, imagínese la mula que tiene cuatro.
La verdad es que la lógica del razonamiento no me convencía mucho, pero me hizo escapar la primera sonrisa, sobre todo al descubrir por primera vez en mi guía el sentido del humor. Parco en palabras y receloso de mi persona, tal vez por ayudarme, se había decidido a distraer mi preocupación.
– ¡La cabeza hacia su izquierda! – indicó, haciendo el gesto con la suya – puede darle la de la mula y de seguro que la tiene más dura que usted.
Tenia toda la razón, la postura casi vertical de la jaca, en su continuo trepar y sus bruscos movimientos, hacía que sus crines se juntaran frecuentemente con mi barba.
La temperatura descendía de manera acompasada a nuestro ascenso, y el cielo, que había amanecido azul y luminoso, se cubría de grises nubes presagiando lluvia, como sí aquel cielo no perteneciera al mismo mundo de abajo. El paisaje iba cambiando y el terreno rocoso y estéril tornaba nuevamente a verdear.Cordillera Andina-2
La mula equivocaba el camino siguiendo huellas de asnos salvajes y Santamaría tomó la cabeza de la raquítica comitiva.
Un relincho, seguido de varias cabriolas nerviosas, agitaron a la cabalgadura que se detuvo.
– No se asuste, algo ha visto la mula – exclamó el guía escudriñando los alrededores.
El inquieto cuadrúpedo, no cejaba su intranquilidad, mostrando querencia por retroceder. Efectivamente, a unos quince metros, delante nuestra, una enorme serpiente, levantaba amenazante el cuerpo defendiendo su territorio de los intrusos. Aquel fenomenal reptil, estaba dispuesto a no cedernos el paso. Santamaría con enorme serenidad, asió un pedrusco, y lanzándolo contra él  decidió perderse entre las zarzas y arbustos, humillado por nuestro poderío.
Mucho trabajo nos costó convencer a la mula de que el peligro había desaparecido, tuve que descabalgarlo y, tirando de él, conseguí que pasara el lugar del incidente. Pero… curioso, desde ese momento el animal empezó a desconfiar del camino que Santamaría trazaba y cualquier rama o trozo de palo que se cruzaba al paso, era suficiente para que nuevamente detuviera la marcha.
En otra ocasión, no encontrábamos motivos para que la mula no quisiera continuar, se había parado tranquilamente y el terreno estaba despejado.
– ¿Qué sucede? – pregunté al también intrigado quechua.
– No lo sé – contestó al tiempo que achuchaba a la bestia.
– ¿Estará cansada? – insinué.IMG266Kuelap ciudadela
– No, no – mirando hacia atrás, descubrió que a unos cincuenta metros, se encontraba caído en el suelo su poncho, que había resbalado de la grupa, donde lo había dejado anteriormente. Recogiéndolo, lo puso de nuevo sobre su lomo y el animal, sin más, emprendió la marcha… ¡Qué curioso…!, ¿como es posible que supiese lo que tenía que hacer para avisarnos del suceso?
– ¿Falta mucho para llegar? – pregunté con impaciencia.
– «Aquisita» mismo no más – señaló.
Cuando un peruano dice «aquisita mismo», nunca puede confundirte con sensación de cercanía. El adverbio, lo interpreta con el alcance que puede tener la profundidad de su mirada o de su conocimiento del lugar por el que preguntas.
Por esta misma razón insistí, pero con poco éxito, ya que volvió a repetir la misma frase, reforzándola esta vez con el ademán de su mano y señalando la oculta cumbre entre las obscuras nubes.
En mi altímetro 2.400 mts., altura esta que me hizo pensar no estar ya muy lejos, teniendo en cuenta que, según mi información, la altitud de Kuelap rondaba los 3.000 mts.
– Santamaría, ¿que se sabe en el pueblo de estas ruinas? – pregunté.Amazonas 165-bis imagen
– Se hablan muchas cosas – respondió con gesto de preocupación, prosiguiendo – todo el mundo las teme, algunos las conocen con el nombre de «Malca», se dice que estaba habitada por hechiceros, los Hualki, hasta que vino otro poderoso brujo, «Chimal Hualki», que saltando por entre las montañas encantó a todos sus habitantes, durmiéndolos y matándolos con un martillo. Desde entonces, se cree que los espíritus de los Hualki rondan por ella, persiguiendo la venganza. Hace muchos años, un Juez de Chachapoyas (D. Juan Crisóstomo Nieto) en el año 1843 las dio a conocer a las autoridades de Lima, desde entonces unos pocos la han visitado y en ocasiones algunos gringos. Creo que el maleficio cayó sobre ellos porque las tienen abandonadas y no hemos vuelto a saber más de los resultados. Algunos habitantes de “El Tingo”, al ver que los gringos subían, perdieron el miedo imitándolos, bajaron enfermos de «uta» y los espíritus mandaron el «mosco» contagioso a “El Tingo”, descargando así en el pueblo el hechizo maléfico. Dicen que está llena de tesoros, pero ya nadie se atreve a profanarlos.
– ¿Busca usted oro? – me interrogó con sobresalto.
– No – lo tranquilicé sonriendo.
– ¿Por qué de su interés por Malca (Kuelap)?.
– Simple curiosidad, estoy preparando un libro del Amazonas y todo esto me sirve de información.
Los indios conocen a Kuelap con el nombre de «Malca», es una deformación de «Marca», que significa «casa» en lenguaje quechua y también significa «pueblo o establecimiento», en el lenguaje aimara.
– Usted debe de saber mucho, ¿ verdad? Hay muchos gringos que se preocupan del Perú más que nosotros mismos. Yo no he viajado más que a Chachapoyas, pero algún día iré a Lima – suspiró resignado.
– ¿Conoce usted Chachapoyas? – agregó.
– No, pero pienso viajar con el padre José Luis.
– Es muy linda – exclamó con entusiasmo – le gustará mucho.IMG108Kuelap ciudadela
Chachapoyas, capital del Departamento de Amazonas, es una de las ciudades más importantes del Nororiente peruano, es rica en agricultura, ganadería y minerales, a la que sólo le faltan medios eficaces de comunicación para aprovecharla en lo que vale.
Durante un tiempo, estuvimos caminando entre nubes, la humedad se intensificaba y costaba trabajo ver más allá de cincuenta metros.
El verde pasto del suelo mantiene el agua de una lluvia reciente, y a nuestra cabalgadura le resbalaban los cascos en su esfuerzo. Nuevamente había cambiado el panorama.
– ¡»Míre ahí ta»! – Exclamó de repente Santamaría, señalando hacia arriba.
Efectivamente, la silueta de una enorme muralla, se recortaba sobre la frondosidad de un paisaje verde de suntuosa belleza dormida.

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