El Tingo

CAMINO A “EL TINGO”

La carretera acompaña al Utcubamba que cada vez toma cuerpo de mayor río y mi cámara fotográfica duda para escoger el mejor encuadre del paisaje. Yerbabuena, Ubilón y Suta fueron los siguientes y pintorescos pueblecitos.Kuelap - 006
Serían las cuatro de la tarde cuando, tras pasar una cerrada curva, apareció ante nosotros un pequeño caserío.

 – ¡Es el Tingo! – exclamó Segundo.
IMG104Kuelap ciudadelaAtravesamos el puente de piedra que cruza al río, sirviendo de antesala al pueblo que muestra bastante actividad, jinetes a caballo que abrigados con su poncho, se apartan y saludan, otros llevan tras de si y amarrado de una cuerda a un toro; asnos sueltos que entorpecen el camino y que con el mayor de los desprecios se paran delante nuestra impidiendo el paso. Un grupo de mujeres y hombres, sentados en el suelo y al pie de sus cabalgaduras, “voltean” sus cabezas; sus miradas profundas penetran los cristales de la cabina.IMG105Kuelap ciudadela
¿Que sabrán estas gentes de las ruinas? – me pregunté.
La emoción distrae mi atención en detalles, más aún, al sentirme protagonista de todas las miradas.
El pueblo que acompaña en buen trecho al río, trepa hacia la cordillera y es cruzado a su vez por un pequeño riachuelo, “el Tingo”, que baja perpendicular vertiendo sus aguas al Utcubamba. Un travelling con la mirada, será suficiente para conocerlo casi en su totalidad. Casas de adobe con techos de teja, pequeñas construcciones cubiertas de calamina y otras instalaciones de troncos y carrizo se tiñen de ocre, bermellón y azulete envejecidos.

Entramos en una tienda, en cuya fachada lucia un pretencioso letrero “Hotel”. No era más que un popurrí de negocios, casa de comidas, tienda y unas miserables habitaciones para alquilar.Centro de El Tingo Rotulada
Segundo, se anticipó preguntando a la anfitriona, una mujer mayor, que rigurosamente enlutada, apoyaba su encorvamiento sobre el mostrador.
– ¿Hay habitación?
– ¿Cuantos son? – murmuró.
– Uno, no más – contestó mi acompañante.
– Si… son cinco mil soles por anticipado (50 Pts.).
Saqué del bolsillo un buen fajo de billetes, exhibiéndolos para reducir desconfianza y pagué lo solicitado.
Segundo me lo recriminaría de inmediato
– ¡No debes enseñar tanta plata, te la pueden robar!
Comprendí la buena intención y aproveché para saldar cuentas con Segundo, le pregunté cuanto dinero le debía por el viaje.
– Nada – me respondió sonriente, agregando – me has traído suerte, he vendido los tallarines y además llevo cantidad de pedidos. Cuando regrese a casa contaré a mis hijos que he viajado con un español pero que no era cura, ja, ja, ja… ¡Mándeme recuerdos desde su tierra!
Arrancando orgulloso su camión, el generoso conductor, sacó la mano por la ventanilla agitándola a modo de saludo, gesto al que correspondí efusivamente. Se repitió una y otra vez hasta perderse de vista tras las primeras plataneras.
El temor y la soledad, erizó hasta el último poro de mi piel y la ausencia del amigo abortó en angustiosa sensación de vacío.Kuelap - 007
Tenía que cumplir con las normas. Me dirigí al cuartel de la Guardia Civil, para hacer constar mi presencia y mi propósito, al mismo tiempo, sería el mejor lugar para ampliar la información sobre las misteriosas ruinas.
Dos cuadras abajo, una bandera peruana colgada de un inclinado mástil y un joven centinela puntualizaron el lugar.
– ¿Por favor… el jefe del puesto? – pregunté al “cholo” que perfectamente uniformado, presumía de sus brillantes botas y negro correaje.

– ¡Mi sargento, un “gringo” pregunta por Usted! – gritó desde la calle al interior del recinto.
– Que pase…
Me introduje en el recinto que hacia las veces de oficina.
– Pase, pase – me insistieron.
Tras una mesa de despacho y haciendo ademán de salirme al encuentro, el amable jefe, me tendió su mano y me invitó a sentarme. Le di toda clase de explicaciones, mostrándole la documentación, que examinó con detalle. Superado este requisito y después de dejarme estudiar lo necesario, le pregunté por las ruinas arqueológicas.
Me miró extrañado – ¿Como sabe usted de ellas?
Le conté lo imprescindible de lo sucedido.
– Si, son muy importantes, aunque desconocidas, están muy abandonadas y nadie se preocupa de ellas – respondió haciendo ademanes de tristeza.
– ¿Las conoce usted? – pregunté.
– Si, si… hace unos años subí. En el pueblo se hablaba de ellas y no pude resistir la tentación. Un día, acompañado por uno de mis hombres y por un campesino que conocía la ruta, me aventuré y en verdad que no me arrepentí, el viaje es duro, pero mereció la pena.IMG228Kuelap ciudadela
– ¿Que puedo hacer para visitarlas mi sargento?
– Hay que subir mucho, están en la cumbre de la cordillera, es muy bravo, se puede ir andando aunque le aconsejo que lo realice a caballo.
– Conoce usted a alguien que tenga caballos y que me pueda acompañar.
– Imagínese… en este pueblo tengo que saberlo todo, Santamaría, el agricultor que me acompañó, podría ser, pero no sé si querrá volver, ellos creen que sobre esas ruinas existen maleficios, ¡Le consultaremos! – exclamó con la decisión de ayudarme.
El sargento, mandó a uno de sus subordinados en busca de Santamaría. Mientras tanto, la palabra “maleficio”, había calado aún más mi curiosidad…
– ¿Ha dicho usted maleficio? – insistí.
– Sí, – contestó con una sonrisa, que más bien parecía una mueca, disimulando tal vez, su propia creencia – la gente de estos lugares es muy supersticiosa y tienen muy arraigadas antiguas leyendas.

Hace unos años – continuó – sufrimos una epidemia de “uta” y el pueblo lo achacó a que unos huaqueros habian profanado las tumbas de Kuelap.
– ¿Que es la uta? – me apresuré a preguntar.
– Es una enfermedad parecida a la lepra que se come la carne de las personas, hoy día ya se cura, pero antes morían por esta causa. Parece ser, que es transmitida por la picadura de un “mosco” que abunda en los alrededores de las ruinas.
Después de esta información, mi curiosidad sintió un fuerte frenazo; efectivamente, gran parte de la población del Tingo exhibían huellas y cicatrices en narices, labios, orejas, pómulos. Deformaciones carcomidas por la uta.
Ya era tarde para arrepentimientos, el guardia regresaba con el paisano que sin conocer el motivo por el que se le requería, traía cara de asustado.
– Hola Santamaría, mira, te presento a este “gringo” que es amigo mío y quiere visitar las ruinas de Kuelap, he pensado que tú lo podías acompañar.IMG206Kuelap ciudadela
Su larga mirada de arriba abajo y de abajo arriba sobre mi extraña apariencia, cambió el suspense por inquietud entre los presentes.
Aquel pequeño hombre, de tez cobriza, cubría su descaro bajo un sombrero de paja, el vértice frontal de su poncho arrastraba por el suelo dejando al descubierto sus pies que enfundados en unos remangados pantalones, inspiraba la herencia de un ser mucho más alto.
– “Sí pues”… Don Lucho, acompañaré a su amigo a las ruinas pero tendremos que hacerlo durante el día, no quisiera pasar la noche en ellas.
Don Lucho, que así se llamaba el sargento, dijo tranquilizando al quechua – si salís mañana temprano, tendréis tiempo de regresar todavía con luz, pero habrá que preparar los caballos , ¿los puedes conseguir?…
Asintió Santamaría con un gesto, añadiendo – costarán caros.
– ¿Cuanta plata?…Kuelap - 014 BIS
– Unos 35.000 por cada uno, mi persona solo cobrará 20.000 soles, (moneda peruana).
Hice cuentas mentalmente, seis dólares todo, es bien poco, acepté sin rechistar.- Bien, “mañana pues”, a las cinco estaré aquí con caballos y preparado para el viaje – puntualizó Santamaría.
Don Lucho se sintió satisfecho de haberme resuelto el problema. Todo parecía estar dispuesto y nos despedimos, no sin antes agradecerle su interés – ¡Hasta mañana Lucho!.
– ¡Hasta mañana don Pepito! – respondió, añadiendo – que tenga suerte.
Compré unos plátanos, huevos duros y tortas de maíz para el día siguiente, que junto con manises y chocolate que ya tenia, seria suficiente alimento. Revisé la mochila con prisa y me dispuse a visitar al cura párroco de Magdalena, siguiendo los consejos del sacerdote español de Leymebamba.Maarañon
El caserío de Magdalena se encuentra en la ladera derecha de la cordillera, según miramos el cauce descendente y al otro lado del río Utcubamba. A simple vista, desde el Tingo, se divisa cercano y muy accesible. Para mi fue un suplicio más el añadir al ajetreo del día las empinadas sendas de los atajos que acortaban el camino.
Había anochecido cuando llegué frente al templo, la parroquia de Magdalena, un gran edificio que desborda fortaleza y sobriedad. En lo más alto, la campana de bronce parangonaba su modestia con el poder de convocatoria; ese grandioso medio de comunicación que reúne a los hombres en las fiestas, en los funerales y el que con su especial lenguaje hace acudir al “Minka” (trabajo colectivo), anticipando su tañido al rugir del terremoto.
Rodeé el edificio, una puerta metálica entreabierta daba acceso al jardín lateral de la iglesia.
– ¿Hay alguien? – grité adentrándome en la obscuridad del recinto. Insistí varias veces. Por fin una voz respondió.
– Adelante, adelante.Magdalena_chachapoyas_amazonas_peru
Prendí mi linterna orientándola al suelo abriéndome camino con su luz.
– ¿El padre José Luis? – pregunté en voz alta.
– Soy yo, pase, pase …, pero tenga cuidado con el escalón…
Apenas descubrí una figura detrás de la voz y, ardiendo en curiosidad por conocer al personaje, no me atreví a enfocarle el rostro con la linterna. Después…
El chasquido al bombear una lámpara de keroseno; la luz de un fósforo iluminó por fin el semblante del sacerdote. Mediana estatura y su escaso pelo disimulaba la juventud, aportándole un gesto permanente de bondad.
– Esta lámpara es muy vieja, tengo que ser muy delicado con ella para encenderla y antes de sustituirla hay que agotar todas sus posibilidades.
Las palabras de José Luis fueron oidas por aquel artefacto que, agradecido, aumentó su luz hasta iluminar la habitación de unos siete por cinco metros aproximadamente, en el centro dos mesas repletas de libros, tres tablas cubiertas por una colchoneta hacia las veces de sofá y cama. En el centro de la pared, un enorme mural confeccionado con postales y estampas de Santos, en lugar preferente, la Virgen del Pilar.Iglesia_magdalena_chachapoyas_amazonas_peru
Sólo me hizo falta decirle que era español, para que la alegría presidiera nuestro encuentro.
– Te quedarás a cenar, ¿Verdad?
– Bueno, pero… no quisiera molestarte mucho.
– ¡Ni hablar!, vivo aquí con otro sacerdote español, marchó a Lima para resolver unas cosas, así es que, encantado en que me acompañes. ¿Quieres quedarte a dormir?
– No, ya tengo habitación en el Hotel del Tingo, pero te acompañaré a cenar.
Con el quinqué de keroseno en la mano, nos trasladamos a la habitación contigua, que hacía las veces de cocina.
– No tengo muchas cosas, te puedo ofrecer un par de huevos fritos con papas y unas tortas de maíz – dijo al tiempo que abría un pequeño armario explorándolo.
La despensa del buen José Luis, estaba más llena de buena voluntad que de otra cosa.
– Mientras se hacen las papas, podemos beber un vaso de vino, ¡Es de mi pueblo!, me lo trajo de España mi compañero la última vez que estuvo. Siempre nos hacemos encargos.Utcubamba_amazonas_peru

Mira el martillo y aquella azada, también son españolas!. Tenía un juego de herramientas de albañil, fue con la que construí este edificio, pero un día desaparecieron. Tal vez alguien pensó que ya no me hacían falta – comentó sonriente al tiempo que me servia dos dedos de vino, – prosiguiendo – es muy fuerte y bueno, como todo lo de Torrijo del Campo, en Teruel, alli vive mi madre.
Comentamos durante la cena el proyecto del viaje a las ruinas de Kuelap del dia siguiente, asi como mis experiencias anteriores en la selva amazónica. No pude entender como aquél hombre se asombraba de mis aventuras.
– ¿Como viven las gentes aquí? – pregunte.IMG292Kuelap ciudadela
– Este es un mundo distinto… muy mal, no tienen nada, simplemente es otra cosa. Necesitan mucho de nosotros. Son agricultores y aunque cada familia tiene su chacra, el cultivarla es muy penoso. Las tierras son pobres y se agotan pronto entonces tienen que preparar otras, de manera que cada vez están más lejos y más altas. Hay familias que tienen que ascender más de mil quinientos metros diarios para ir a trabajar y recorrer diez o veinte kilómetros, todo esto prácticamente para subsistir. Es sobrehumano el esfuerzo, se ayudan chanchando (masticando) la hoja de la coca fermentada en la boca con cal viva y ello les disimula el cansancio y el hambre, pero acaba rápido con la salud y envejecen pronto y como tienen pocos alicientes de diversión, suelen beber bastante aguardiente de caña, mueren muy jóvenes…
Por unos instantes, el rostro de José Luis había dejado su gesto sonriente, dando a entender algo más de lo que decía, algo más que no alcanzó a pronunciar, lo que no pudo dar forma expresiva de su pensamiento. Cerró los ojos con fuerza, como rechazando la actitud del mundo civilizado y pidiendo misericordia al Divino.Kuelap - 003
Los pensamientos de la gente buena como José Luis, viven en el aire impregnados de angustia y resignación. El estaba entregando su vida y su juventud por aquellos seres que lo necesitaban.
– Ven, te enseñaré la iglesia – exclamó huyendo del mutismo.
– Déjalo para otro día, mañana tengo que madrugar y quisiera descansar pronto – le propuse.
– Conforme, a tu regreso de las ruinas, te esperaré en el Tingo, te despides del Hotel y te vienes conmigo, esta semana voy a viajar a Chachapoyas, ¿te quieres venir? -sugirió. Me despedí con cierta tristeza, aunque había resuelto dos cosas importantes, viajar a Chachapoyas en el Suzuky de José Luis, un lujo que no esperaba, y el cambio de domicilio una deseada ilusión.
Mi regreso a el Tingo, fue mucho más dificultoso, de noche todos los caminos parecían ser verdaderos, después de equivocarme cien veces, por fin encontré los adecuados. Para disimular el miedo hice todo el recorrido cantando – ¿Que pensará la gente que me oiga?…, dirá ¡estos gringos están locos!.
El Hotel no tenia de ello más que el nombre, un cuartucho con suelo de tierra y en las paredes ensangrentadas, restos de cualquier clase de insectos, en el rincón, tras la puerta, un camastro con colchoneta de paja.
El rugido de las aguas del Utcubamba; el gorjeo de las aves y pequeños pajarillos; el croar de las ranas y sapos acompañados siempre con el zumbido del zancudo (mosquito), hicieron que no pegara ojo aquella noche. Demasiadas emociones juntas. Las chinches, habitantes fieles del catre, habían abandonado su escondite de paja, acompañándome en el desvelo.

 

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